Esas fueron las palabras de un ciudadano estadounidense que se vio obligado a robar un banco con el único objetivo de ser llevado a la cárcel para poder, de esta manera, recibir atención médica. El hombre de 59 años presentaba una protuberancia en el pecho, artritis generalizada, síndrome del túnel carpiano y un problema en el pie izquierdo.

Realmente muy triste tener que llegar a una situación tan extrema como esa por no poder contar con políticas de salud que cubran al 100% de la población. Pero es lisa y llanamente lo que ocurre en Norteamérica, donde aquel que se encuentra desempleado debe rogar para no padecer ninguna enfermedad grave, puesto que si eso sucediera ya conoce el inmediato desenlace. Por ende, podríamos decir que ese mundo de ensueño norteamericano que nos ofrece Hollywood no es más que una terrible estafa. Demostrado no sólo por críticos extranjeros sino por sus propios ciudadanos, Estados Unidos deja entrever sus pocas ansias por aumentar la expectativa de vida. Así lo refleja un estudio realizado por la Universidad de Colombia que destaca diario La Nación, subrayando que aparentemente las causas de las prematuras muertes en el país del Norte no deben asociarse únicamente con la obesidad y el tabaquismo, como comúnmente suele pensarse.

Yendo un poco más lejos, mientras leía esta noticia fue cuasi inexorable la necesidad de pensar en Argentina. Un país que contiene una amplia variedad de destacados profesionales; un país donde sí existe la salud pública, pero sin embargo, un país que padece –paradójicamente- una enfermedad que parece no conseguir cura: la crisis en el sistema. Problemas edilicios, falta de presupuesto, escasez de personal, son algunas de las aristas de este gran conflicto.

Por eso es que me resultó muy interesante el paralelismo, Estados Unidos-Argentina. Porque desde el sur nos quejamos por el Norte, mientras que desde el Norte nos esbozan una sonrisa. Esto se da de este modo porque si bien no puede ser que existan tantos límites para poder tener acceso a un derecho tan importante como lo es la salud; si bien todos los países del mundo deberían ofrecer atención gratuita, también es cierto que si el Estado puede garantizar ese tipo de servicio, también debe garantizar buenas condiciones. Entonces llegamos a un punto en donde debemos darnos cuenta de que mirar tanto a los costados, para arriba o para abajo, no sirve. Es necesario que aprendamos a mirarnos para adentro y dejar de lado ese famoso dicho que ya es marca registrada para los argentinos “que yo haga algo no va a cambiar nada”. Quizás no. Y ¿saben por qué? Porque es excesivo el número de personas que piensan así, puesto que si se sumaran esas individualidades pero con un pensamiento más positivo, más constructivo, seguramente las cosas serían diferentes e incluso se impulsaría a que aquellos que hacen aunque sea un poco ante esa actitud se incentiven a hacer mucho más.

Es un profundo deseo empezar a pensar como país, abrir un poco más los ojos. Por supuesto que no debemos vivir aislados sin saber qué ocurre a nuestro alrededor, pero sí es hora de que en lugar de establecer tantos juicios de valor sobre otros países, comencemos a hacerlo sobre el nuestro y que eso sea el motor del cambio que necesitamos. Vivimos comparando y de tanto que comparamos muchas veces nos quedamos en eso: en meras cuestiones teóricas y nada más. Por ejemplo, vemos que el Mar Mediterráneo es el mar con más tasas elevadas de hidrocarburos y contaminación en el mundo. ¿Qué hacemos? Nos dedicamos a teorizar sobre ello y a dar rienda suelta a nuestro costado intelectual y crítico, mientras olvidamos lo contaminada que está la tierra que pisamos día a día, el aire que respiramos, el agua que consumimos, con la cantidad de residuos que arroja la gente a la calle, a los ríos, el humo de los vehículos, de los cigarrilos, y puedo seguir enumerando porque, si de contaminación se trata, venimos haciendo lo posible para convertirnos en expertos de la materia. Y esto también forma parte de nuestra salud, aunque algunos lo ignoren. Pero claro, volvemos a mirar para el costado: “en Japón si a alguien se le cae un papel en la calle, aunque sea por accidente, de manera inmediata un policía se acerca a señalar la falta”. Ahora bien, yo me pregunto, si tanto admiramos otras culturas, ¿por qué no copiamos lo bueno de ellas? Dejemos de teorizar tanto y empecemos a hacer más. Los juicios de valor no son malos, pero son sólo eso si no van acompañados de hechos y, cuando de salud se trata, si no se hace nada para mejorar el sistema el único hecho que puede ir acompañado de eso es la muerte. Es duro, pero muy cierto. Es hora de reflexionar.

Fabián Digiano

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