LA PLATA QUIERE VOLAR MÁS ALTO

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Como señalé en la nota anterior, La Plata tiene mucho para crecer y demostrar que es más grande de lo que parece. Está en nosotros lograr que eso sea posible. Tal como mencionaba, el proyecto del Aeropuerto es una de las cosas que nos puede ayudar a fortalecernos como lo que somos: mucho más que una simple ciudad. Somos la capital de la provincia más rica de Argentina. ¿Se imaginan qué pasaría si verdaderamente todos fuéramos conscientes de esto y lo explotáramos como se debe? Sería grandioso y, como dijera el magistral cantautor Joaquín Sabina, “nos sobran los motivos” para demostrar que la nuestra es una GRAN CIUDAD.

Hoy justamente leía en el diario EL DIA una nota acorde a esto que vengo subrayando, puesto que, según el matutino, “El gobernador Daniel Scioli encabezará hoy el llamado a licitación para la concreción de obras que se realizarán en el aeródromo de La Plata, que incluyen mejoras en la pista principal y auxiliares. Junto al secretario General de la Gobernación, Javier Mouriño; la ministra de Infraestructura, Cristina Alvarez Rodríguez; y el intendente Pablo Bruera, Scioli dará inicio formal al proceso de licitación que prevé la apertura de sobres para el 2 de agosto.”

Esto no es un dato para nada menor, ya que era hora de poner en marcha ese boceto y alejarlo por un momento de la mente y el papel para materializarlo un poco, dado que estamos muy acostumbrados a vivir de promesas y de palabras bonitas que en el transcurso del tiempo no sólo dejan de serlo sino que también dejar de ser.

Es menester que se lleve a cabo este proyecto de una vez por todas. No puede ser que La Plata sea la única capital provincial que no pueda efectuar vuelos regulares hacia distintos puntos del país, sobre todo teniendo en cuenta que es la capital nada más y nada menos que de la provincia de Buenos Aires.

Pensémoslo bien: no se trata de un capricho ni de un delirio electoral. Reflexionemos profundamente en lo que puede traernos un cambio de este estilo. Porque no solamente se mejoraría el aspecto tecnológico en lo que respecta a comunicaciones (arista muy importante a tener en cuenta) sino que se abriría un abanico de nuevas e importantes posibilidades para nuestra hermosa ciudad. Se crearían nuevas fuentes de trabajo, podríamos contar con una alternativa para el Aeroparque Metropolitano (no me digan que no hubiese sido necesario en un año tan complicado como éste) e incluso impulsar el desarrollo industrial, comercial y de transporte en el Área platense.

¿Quieren más? Bien. Vayamos al aspecto turístico, asunto que traté en mi anterior escrito.

Fútbol, recitales y espectáculos de toda índole eligen como sede por estos días a nuestra ciudad, ¿por qué desaprovecharlo? Hay un montón de gente que decide quedarse en hoteles de Buenos Aires, ¿se imaginan cómo cambiaría la imagen de La Plata si pudiera contar con este aeropuerto?

Sé que el argentino tipo está acostumbrado a ponerle nombre y banderas a todo. Hagamos el esfuerzo y evitemos que esta vez eso se interponga en nuestras decisiones. ¿Qué importa quién lo haga? Lo que sí nos interesa y realmente nos incumbe como ciudadanos es que simplemente suceda. Necesitamos crecer y demostrar que podemos hacerlo. Porque no existen dudas, la capacidad de la ciudad es una certeza.

Ahora vayamos un poquito hacia atrás para que podamos observar que esto no es de ahora.

El primer proyecto de reactivación del Aeropuerto se presentó en 1994. En ese momento, todos coincidían con que, antes que nada, se debía readaptar la pista y equipar la torre de control. Al mismo tiempo, reconocían que las instalaciones eran las apropiadas para las operaciones comerciales y el traslado de pasajeros. Por otra parte, se llegó a la conclusión de que la zona donde está enclavado el Aeropuerto, que en la actualidad está un tanto devaluada, podría llegar a cotizarse mejor. De esta manera, La ciudad de La Plata podría convertirse en un gran centro de cargas.

Como podemos apreciar, esta idea lleva muchísimos años (y aún unos cuantos más). Por eso, es hora de asignarle su adecuado fin al palabrerío y poner manos a la obra. Si bien es necesaria una trastienda política para poder llevarlo a cabo, tenemos que hacer fuerza entre todos como ciudadanos para que La Plata siga creciendo y no se muera en las urnas.

Ya lo señala el medio local: “De acuerdo a lo informado, las refacciones “se inscriben en el compromiso del gobierno provincial de proyectar la región Capital hacia el futuro, promoviendo la transformación del Aeropuerto en una terminal de pasajeros y de carga internacional, esperada por más de 20 años”.

Verán, entonces, que esto viene de hace rato. Resta confiar en que se cumplirá como la ciudad lo merece y, de no ser así, aparecerá el pronto reclamo. Como siempre digo, es algo que requiere suma reflexión y que depende pura y exclusivamente de nosotros mismos y de nuestro fiel y leal compromiso como ciudadanos.

Fabián Digiano

QUE LA EDUCACIÓN NO SEA OTRA GRAN ESTAFA

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Hace mucho tiempo que vengo meditando acerca de la educación que en estas últimas décadas recibimos los argentinos y, sinceramente, el resultado de mis reflexiones no es muy alentador. Sin embargo, decidí no quedarme estático en esta cultura facilista de limitarse a la queja -cultura que con los años se viene fomentando-, sino que decidí repensar todo para tratar de encontrar otra alternativa que no muera en una simple ponencia, puesto que opinólogos en este país sobran.

¿Cómo empezar? En primer lugar, debemos ser conscientes de lo que está sucediendo porque aunque algunos no lo crean –a mí también me cuesta, pero pasa-, hay muchos que piensan que “así estamos bien”. Esto me lleva a alarmarme aún más y a decir que tenemos que poner las cosas sobre la mesa. ¿Qué tenemos? Un país que pasó de ser reconocido por su alto nivel educativo a obtener las calificaciones más lamentables entre los países latinoamericanos. Así lo destaca diario La Nación en una nota en donde refleja los resultados que arrojó el Informe del Programa Internacional de Evaluación para Estudiantes realizado durante 2006 entre alumnos de 15 años de 57 países, donde Argentina ocupa el puesto 53 en las evaluaciones de textos y el peor de los rendimientos en matemática y ciencias.

Es realmente angustiante esta situación, sobre todo si nos remontamos a aquellos años de la creación de la Universidad Nacional de La Plata, cuando su presidente Joaquín V. González, enfatizando en la investigación, la extensión universitaria, el intercambio permanente con importantes casas de estudios en el extranjero y la necesidad de la educación continua, quería unificar al país e incluso había logrado que nos destacáramos en toda Latinoamérica por la excelencia en la formación de profesionales.

Tanto reconocimiento, tanta calidad…. ¿Para qué? Hoy por hoy aquel esplendor y entusiasmo por la vida académica se cae a pedazos. La Universidad continúa formando grandes profesionales, pero los recursos son cada vez más escasos, los presupuestos más acotados y los programas poco a poco pierden complejidad. Sin dejar de lado cómo les cuesta a muchos estudiantes ingresar a la universidad en carreras cuyos cursos introductorios son de carácter eliminatorio. Pero no responsabilicemos al nivel superior. Esto es producto de un encadenamiento de situaciones. Las falencias están presentes en todos los niveles. Por ejemplo, las escuelas tienen computadoras, los chicos tienen sus equipos personales, pero al mismo tiempo, esos mismos establecimientos tienen ventanas sin vidrios en donde nadie puede soportar temperaturas como las de estos días. Chicos que a veces no tienen para comer, pero a quienes se les inculca la necesidad de entender qué es Wi-Fi y cómo hacerse amigos en Facebook.

Ahora bien, me pregunto ¿es posible educarse pasando frío y hambre? ¿Las netbooks del futuro nos cobijan? Yo creo que no. Pero bueno, si tan sólo ese fuera el único problema, tal vez la solución sería más inmediata, puesto que sólo tendríamos una cosa en la cual enfocarnos. Pero no. El problema radica en algo mucho más profundo. Hemos perdido valores como sociedad. Ir a la escuela muchas veces pasa más por una cuestión de “sociabilidad” que de otra cosa. Y claro que no está mal, es una de sus grandes funciones, pero pareciera que eso obnubila el verdadero foco de la cuestión: la formación. Y ahí es donde los valores trastabillan. El respeto hacia el docente, hacia las autoridades, ya no existe. Cualquier padre puede exigir que se apruebe a su hijo sin siquiera haber sido partícipe de su proceso de aprendizaje, sin haber abierto una carpeta, sin saber tampoco fechas de examen ni preocuparse por ello tampoco.

Y aún hay más! Se ha perdido la vocación por la docencia. Actualmente, muchas personas la eligen sólo como pronta salida laboral. Llegan a institutos terciarios con el único objetivo de obtener un papel que los habilite a cobrar un sueldo y no a formar personas.

La lista de infortunios en la educación sigue, y si además sumamos la falta de contextualización y la carencia de actualidad de muchos de los contenidos realmente estamos perdidos.

A pesar de este amargado panorama, siento que nada es imposible y que la solución está en nuestras manos si de verdad queremos un cambio. Se destinaron y destinan millones a cuestiones de inferior importancia, como por ejemplo la “transmisión pública” del fútbol y a la hora de invertir en educación… ¿Sólo se piensa en regalar computadoras a escuelas que ni siquiera tienen dónde enchufarlas? Creo que vamos entendiendo entonces dónde estamos fallando. Se necesita una buena inversión, en donde todos los niveles estén cubiertos y en donde verdaderamente podamos estar preparados para defendernos en cualquier parte del mundo. La tecnología es necesaria, y dentro de esta globalización en la que nos encontramos inmersos es menester conocer bien su uso. Pero las cosas deben hacerse respetando sus respectivas etapas. Antes que aprender a navegar en internet, un chico debe aprender a incorporar valores que de ninguna manera puede enseñárselos una computadora.

Vivimos quejándonos de Estados Unidos, de cómo nos superan y cómo ellos parecen ser los dueños de todo. Pero, ¿acaso le echamos un vistazo a la insistente atención que le prestan a todo lo que en cuanto a educación respecta?

Ya lo dije en la nota anterior, no miremos tanto para otro lado, ocupémonos de remendar todos los daños que sufrió nuestro país. No obstante también subrayé que si vamos a mirar para afuera aprendamos a copiar lo bueno que tienen otras naciones. Y si hay algo que no podemos negar es la creciente inversión que realiza Norteamérica en educación, puesto que tal como lo dijera su presidente en el año 2009 al momento de lanzar un nuevo plan: “Sabemos que el progreso económico y el educativo van a la par”. Ojalá nuestros gobernantes pensaran de esta forma, entendiendo los beneficios que podríamos obtener a nivel país con un sistema como éste que se financia en gran parte con aportes del sector privado receptados a modo de subsidios y donaciones. Una idea brillante que nos ayudaría a crecer y a recuperar la solidez y calidad de enseñanza que supimos tener alguna vez. Somos muchos los que deseamos el cambio y muchos más los que resultarán beneficiarios del mismo, básicamente un país entero.

Fabián Digiano